LA SUMISIÓN ABSOLUTA.
Los humanos están dispuestos a
entregar lo que les pidan, también prestos a pagar el precio, con la finalidad,
de que les publiquen sus textos deshilvanados, y mediocres, y cuando los ven
impresos, lloran, se sienten orgullosos, y hasta en éxtasis, de su
"triunfo".
Salir del lodo, como un ave carroñera, llena de inmundicia.
Muertos en vida.
Invisibles degollados.
Recuerdo a determinada chica, que un "editor" le dijo: serás mi
mandadera por todo un año, y si cumples bien tu cometido pues, te publicaré en
el número X, de determinada revista, la esclava literaria, aceptó e iba por las
cervezas, por los vinos, los licores, traía la comida, hacía la limpieza de la
editorial, servía los alimentos, encendía las cigarrillos de los invitados,
llenaba las copas, y hasta tenía que sonreír cuando se contaban algunos chistes
malos, detestables, y al final, se le publicó un poema muy breve.
Ella lo guardó como un tesoro, siempre lo mostraba, lo presumía, era su máximo
logro, y se comenta que aún ahora lo tiene en un lugar privilegiado de su
hogar, junto con el esposo y tres hijos.
Cuando se reúne con sus íntimas amigas, siempre narra con orgullo semejante
suceso, claro, omite los detalles de su esclavitud literaria, y saca la
revista, para mostrarla, y sin consultarlo lee su "poema" el cual, es
una mutilación al arte, sus amigas de forma discreta y en voz baja dicen: ¡ya
está ebria!
Además critican el texto por carecer de la más elemental belleza, y por no
tener ni la más mínima idea de la literatura. Les parece ridículo y gracioso,
que siempre salga a relucir el tema, antes, durante o al final de la tertulia,
y que recuerde como algo mágico ese día en que fue inmensamente feliz, cuando
el "comité editorial" seleccionó y le publicó uno de sus versos.
Algunas de sus "compinches" ya ni ponen atención, otras le siguen la
corriente, pero sin duda, todas se aguantan la risa, y la consideran una
mediocre y llorona.
Esto que comento es muy común y cotidiano (para hombres y mujeres), las
convierten en sirvientas, esclavas, las hacen perder toda dignidad, hasta
convertirlas seres en invisibles.
Pero aunque parezca extraño no sólo están conformes con el trato que reciben,
sino, hasta están dispuestas a copular, las veces que sean necesarias, para ver
sus letras impresas en un revista de quinta categoría.
He visto esta conducta entre "artistas" emergentes y
"editores" fracasados. Pero aunque parezca extraño, ambos están de
acuerdo, es como un convenio de palabra, y debe ser la "regla",
porque ambos disfrutan al máximo.
Esto sucede en lugares ínfimos y lúgubres, donde los marginados literarios se
reúnen para quejarse de los literatos triunfadores. Y ahí entre copas de licor
barato, y venenos espirituales se desahogan, de que la sociedad del arte:
llamándoles estultos, vendidos, y miles de ofensas más...
Pasa el tiempo como mutilado.
Y llora mares de sangre la noche.
Todo se desvanece.
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Después de hacer el amor, caminamos por la urbe, y a mi pareja se le ocurrió
concurrir: donde se reúnen esos entes sucios y perdedores. Y mi intención era
de otra índole. No le hice ningún comentario sobre lo deprimente y enfadoso que
es asistir a ese tipo de charlas llenas de odio y resentimiento.
Desde luego acepté la invitación con la finalidad de conquistarme una chica
linda, preciosa, de pechos puntiagudos, caderas anchas, y piernas bien
torneadas, y de ojos tristes, ausentes.
Aunque llevaba compañera ese no era ningún impedimento para mi propósito, ya
que llegado el momento, mostraría mi don de mando, y hasta les haría el coito a
las dos.
Me cayó un torbellino en mi mente.
Los sonidos desaparecieron.
Sólo había murmullos.
Y el ronroneo de los gatos sobre los tejados, parecían violines desafinados.
Creo que fue en Barcelona, y la chica que había seducido era de Letonia.
Pero no tenía ninguna seguridad pues, yo estaba viajando con una sustancia de
Marruecos, y mi razón embotada y casi ausente me dejó algunas lagunas esa
noche.
Por la mañana mi chica me despertó con unas cervezas heladas, e iniciamos la
"sagrada" cura de la resaca del día anterior.
Y la invitada dormía plácidamente. Parecía que tenía alas celestes.
Me asomé por la ventana del balcón, y miré la calle, y no reconocía nada, es
más... consideré por un momento que estaba en Roma.
Daniela me corrigió: estamos en El Born.
Después volví a perder la consciencia.
José Alberto Capaverde.
El Seis.
