TU NOMBRE NO CABE EN TU CUERPO.
Eras muy
poco, ni siquiera en tu nombre se reflejaba algo de tu ser...
Irrelevante
con sangre negra.
Oscura.
Llena de
recuerdos tormentosos.
Eras nadie,
y en tu corazón no habitaba, ni el coraje, ni el amor...
Estabas como
exánime.
Venías
vacía, sin eso que llaman alma, sin denuedo, como muerta.
Tormenta de
lágrimas.
Eras nacida
en el "desierto" de los invisibles, no tenías una existencia "real".
Estabas
hecha de puros ensueños y quimeras.
De retazos
de luna te habían creado.
Golondrina
crucificada.
Tu ciudad
(personal) se componía de tu padre y tu madre, y una abuela moribunda, que le
daba vida y agonía, una máquina de oxígeno.
Ahí se almacenaba
todo el dolor posible.
Dragón de
Metal.
Por más que
te observaras y meditaras, te dabas cuenta que eras tan diminuta e
insignificante.
Eras una
mariposa negra atravesada por un alfiler de plata.
Murciélago
herido.
Gritabas tu
"linaje" y pertenecía a los siervos, y tu voz no se percibía, no
trascendía, sólo se escuchaba el trueno del látigo.
El amo cruel
era tu conciencia.
Búho
invidente.
Tu cuerpo
era tan pequeño que ahí no cabía ni un sueño.
Pero estabas
llena de alas mágicas, que te envolvían en vértigos de esclavitud mental.
Una armónica
ensalivada.
Temblabas
por "ser" y esperabas ese momento "divino" en que
"fueras alguien".
El viento te
atrapaba y te sometía, como una hoja de árbol en otoño.
Follaje
expirando.
Buscabas
como como demente, donde encontrar esa "ancla" social, para
pertenecer a "este mundo".
Fiesta
orgiástica.
Vestidos de
corte imperio.
Smoking
dopado.
Te dejaste
hacer todo lo que los ciudadanos del globo terráqueo dispusieron, sólo para ser
entre ellos.
Te
escupieron riquezas en el rostro de plata.
Besos de
pertenencia.
Con ojos
llenos de asombro, veías como esclavizaban tu cuerpo, y encadenaban tu
espíritu, y te hundían en el estercolero.
Olvidaste tu
nombre, y lo supliste por uno de ficción, de una novela antigua y romántica.
No querías
saber nada de ti.
Te sacaste
el corazón, antes de que te lo ordenaran los fantasmas del penthouse.
Ellos eran
dioses, tú eras un pedazo de carne deliciosa, que todos comían.
Decapitaste
tus recuerdos.
Lanzaste al
río tus esperanzas.
Ya no sólo
no eras y existías, ahora le pertenecías a los todos.
Eras algo
así como una planta inmóvil.
Tenías una
apariencia como los todos, esos los demonios sociales; y habías adquirido ese
brillo que tienen las masas "privilegiadas".
Pero no por
tu talento y prosapia sino por tu actuación de víctima.
Eras una
dama que buscaba ser actriz del teatro negro, y el engaño.
Y aunque
bailaras en un castillo, (bien sabías dentro de ti), que siempre tendrías la
"mancha" de haber vivido en la pocilga de tu barrio ínfimo.
No importaba
si tus manos las adornaran joyas, era "bisutería" en tu imaginación
de indigente.
Tu mente era
un mercado de productos de segunda.
Por fin
habías desaparecido entre la "muchedumbre" privilegiada de una
historia que siempre pasaba por tu mente...
Era tanto el
deseo de salir del "infierno" y llegar a la "gloria", que
estabas dispuesta a todo.
Luego:
Cortaste el
suministro de oxígeno de la enferma y vieja abuela,
para cumplir
tu sueño.
Elevarte
sobre otro mundo de humanos viscosos.
José Alberto Capaverde.
El Seis.

