MUJER DESNUDA QUE HUELE A VAINILLA.
Ella tenía
una obsesión por los latidos de mi corazón, lo sentía en todas sus partes: en
su rostro de diosa hindú, en sus pechos de luna, en sus caderas rítmicas, y en
su entrepierna hirviendo.
En su cuerpo
había pasión desbordante, una laguna inquieta de lujuria, un bosque lleno de
flores blancas con olor a almizcle, y de su pelo caían cascadas de delirios y
extravíos.
Era una
mujer con olor a vainilla y ausencias, brotaban gemidos de su ser como aves
decapitadas y desplumadas, cuando hacía el amor, hasta el viento se excitaba y
temblaba.
El misterio
de su poder además de su belleza, era sus piernas largas de ensueño, en su
espalda perfecta había sombras de amores, de ronroneos, de aullidos, de saliva
burbujeante, de vaho babeante.
Palmeras que
dejan caer sus frutos sobre los enamorados.
No hay sol,
sólo la luna sale de ronda.
Bajo un
poste una mujer se vende, un vestido rojo le viste la piel.
Un hombre de
traje raído va llorando sus desgracias, lleva en sus manos un ramo de flores
marchitas.
Una dama
siente su anillo de casada, mientras besa a su amante.
Una
cortesana huele a axilas y ano, y llena el entorno de maravillas, como de
santidad oscura, deliciosa.
Una
adolescente festeja que es puro cuerpo, y ni siquiera cree que tiene
espíritu...
Era un mar
embravecido, con olas altas, peligrosas, donde todos deseaban nadar desnudos,
sumergirse hasta el fondo, cruzarla toda, traspasarla con los remos de las
manos, beberla y saborearla, y hasta ahogarse en su regazo salado.
Llorar
anhelos inalcanzables.
Entregarse a
una sombra.
Darle toda
tu vida, aunque la tengas destrozada.
Llanto de
cempasúchil y semen.
Árbol donde
se aparean las ardillas y serpientes.
Nubes panzonas, infladas, grises, que paren perversiones.
Un joven
camina enloquecido de amores, mientras sigue a una dama de nalgas exquisitas y
cadenciosas.
Ella no
tiene sombra.
Existe
sollozando sexo.
Un buitre se
aleja desconsolado.
Y una paloma
se desnuda.
José Alberto Capaverde.
El Seis.

