lunes, 8 de enero de 2024

CIELO VERDE.

 




CIELO VERDE.

 

Allá donde vive ella, hasta el cielo es verde, y las aves son una explosión de color, todo parece como un renacer de pura vida. Hasta todos los felinos son celestes, y tienen dos corazones, y sus hocicos elevan poemas en idiomas incomprensibles.

Ahora tenemos tiempo de dejar atrás esas figuras macilentas, tristes, encorvadas, endebles, enfermas, desgarradas, este hato de mal llamados seres humanos. Acá está todo podrido, como muerto, huele mal, hasta brincan los gusanos de sus bocas cuando hilvanan algunas frases elementales. Se dice de ellos que su espíritu (si es que existe) les fue arrancado por la desesperanza. Sólo trataba de mostrarle por qué sería importante huir, desaparecer, hasta correr de ese entorno, carcomido de vileza y putrefacción. Añadí por último que todos los seres "vivientes" (si es que había alguno) no tenían ni siquiera una idea remota de lo que significa La Vida. Eran pues, cadáveres (en blanco y negro) que cargaban "presuntuosos" sus ataúdes en sus destrozadas espaldas.

Iba a repetir: vámonos... cuando todos se fueron contra mí, y cual hienas pestilentes, me devoraron. Caí agónico, y mi sangre índiga brotaba de mis ojos, de mis oídos, de mis narices, de mi boca, y no se pegaba al piso, por el contrario: volaba, para unirse a ese cielo verde, verde, verde. Alguien abrió mi pecho (rompió) mis costillas, arrancó mi corazón palpitante, y se lo comió obscenamente.

 

 

José Alberto Capaverde.

 

El Seis.

lunes, 1 de enero de 2024

CRÓNICA DE UN HOMBRE ADICTO A LA LECHE.

 









CRÓNICA DE UN HOMBRE ADICTO A LA LECHE.

 

Él se llamaba Pierre, o cuando menos así se le conocía, en esa colonia destruida, y apartada, donde no pasaba ni siquiera un ave moribunda.

 

Él tenía como diez años, que salía a trabajar, y regresaba a hogar, se sentaba, prendía un cigarrillo, se acercaba una botella de leche, y entre fumada y sorbo, miraba el cine de su mente.

 

No tenía esposa, ni siquiera una amante, tenía una muñeca de plástico, con algunas características "humanas", siempre estaba al  lado contrario de la mesa, para que pareciese que era su compañera, que tenía una mujer, y que no estaba tan solo.

 

Afuera se escuchaba cómo combatían los de derechas e izquierdas, por el control de una metrópoli hecha cenizas.

 

Él ni siquiera veía a su "acompañante", se preocupaba más en encender otro cigarrillo, y en cambiar de película mental.

 

Nunca en su vida había sonreído, por lo cual, tenía los labios resecos, agrietados, morados.

Las palabras sólo le alcanzaban para que la gente normal, no pensase que se trataba de un loco.

 

Sus ojos eran como el mar, pero aunque parezca increíble, nunca había pisado una playa, ni visto las olas, menos una jovencita en bikini.

 

Pensó en pararse y tomar un poco de café, de un recipiente viejo y destartalado, pero la fiaca lo atrapó, y esa "idea", la desechó de inmediato.

 

Nunca había amado a nadie, e inclusive, jamás había tenido una novia, sólo tenía un ritual anual, muy especial, y hasta cierto punto muy "raro": concurría a un burdel de poca monta, y escogía siempre a la misma mujer, una delgada, de edad media, con rostro de desconsuelo, y no hablaba mucho...sólo fornicaba. 

Pagaba una cantidad posible, así decía él, para sus adentros, y partía sin pronunciar palabra.

 

Él no era un hombre complicado, tenía sólo tres cambios de ropa, dos pares de zapatos (negros y cafés), una vieja corbata, y un abrigo negro.

 

Se escuchaba las voces de mando y de sumisión afuera, la metralla: balas, bombardeos, explosivos, proyectiles, y los derrumbes de las construcciones.

 

Él había perdido todo, hasta su libido, y las veces que iba al lupanar sucio, lo hacía sólo por higiene sexual.

 

Había una mujer joven, que era su vecina de esos departamentos fríos y vestidos de concreto y hierro, que muy continuamente lo saludaba, y hasta le sonreía.

 

Pero él, no veía a una dama sonriente y amable, le parecía que era la muerte, que ni siquiera venía por alguien en especial, sino, que pedía a gritos, y hasta con súplica, que la matasen... Estaba exhausta.

 

Él seguía bebiendo leche entera...

 

 

José Alberto Capaverde.

 

El Seis.