lunes, 8 de enero de 2024

CIELO VERDE.

 




CIELO VERDE.

 

Allá donde vive ella, hasta el cielo es verde, y las aves son una explosión de color, todo parece como un renacer de pura vida. Hasta todos los felinos son celestes, y tienen dos corazones, y sus hocicos elevan poemas en idiomas incomprensibles.

Ahora tenemos tiempo de dejar atrás esas figuras macilentas, tristes, encorvadas, endebles, enfermas, desgarradas, este hato de mal llamados seres humanos. Acá está todo podrido, como muerto, huele mal, hasta brincan los gusanos de sus bocas cuando hilvanan algunas frases elementales. Se dice de ellos que su espíritu (si es que existe) les fue arrancado por la desesperanza. Sólo trataba de mostrarle por qué sería importante huir, desaparecer, hasta correr de ese entorno, carcomido de vileza y putrefacción. Añadí por último que todos los seres "vivientes" (si es que había alguno) no tenían ni siquiera una idea remota de lo que significa La Vida. Eran pues, cadáveres (en blanco y negro) que cargaban "presuntuosos" sus ataúdes en sus destrozadas espaldas.

Iba a repetir: vámonos... cuando todos se fueron contra mí, y cual hienas pestilentes, me devoraron. Caí agónico, y mi sangre índiga brotaba de mis ojos, de mis oídos, de mis narices, de mi boca, y no se pegaba al piso, por el contrario: volaba, para unirse a ese cielo verde, verde, verde. Alguien abrió mi pecho (rompió) mis costillas, arrancó mi corazón palpitante, y se lo comió obscenamente.

 

 

José Alberto Capaverde.

 

El Seis.

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