CIELO VERDE.
Allá donde vive ella, hasta el cielo es verde, y las aves son
una explosión de color, todo parece como un renacer de pura vida. Hasta todos
los felinos son celestes, y tienen dos corazones, y sus hocicos elevan poemas
en idiomas incomprensibles.
Ahora tenemos tiempo de dejar atrás esas figuras macilentas,
tristes, encorvadas, endebles, enfermas, desgarradas, este hato de mal llamados
seres humanos. Acá está todo podrido, como muerto, huele mal, hasta brincan los
gusanos de sus bocas cuando hilvanan algunas frases elementales. Se dice de
ellos que su espíritu (si es que existe) les fue arrancado por la desesperanza.
Sólo trataba de mostrarle por qué sería importante huir, desaparecer, hasta
correr de ese entorno, carcomido de vileza y putrefacción. Añadí por último que
todos los seres "vivientes" (si es que había alguno) no tenían ni
siquiera una idea remota de lo que significa La Vida. Eran pues, cadáveres (en
blanco y negro) que cargaban "presuntuosos" sus ataúdes en sus
destrozadas espaldas.
Iba a repetir: vámonos... cuando todos se fueron contra mí, y
cual hienas pestilentes, me devoraron. Caí agónico, y mi sangre índiga brotaba
de mis ojos, de mis oídos, de mis narices, de mi boca, y no se pegaba al piso,
por el contrario: volaba, para unirse a ese cielo verde, verde, verde. Alguien
abrió mi pecho (rompió) mis costillas, arrancó mi corazón palpitante, y se lo
comió obscenamente.
José Alberto Capaverde.
El Seis.

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