sábado, 26 de octubre de 2024

CORAZONES AGÓNICOS.

 




CORAZONES AGÓNICOS.

 


Amor putrefacto.

Deseo marino.

Odio volátil.

Hombre y mujer que no se recorren.

La nada.

Deseo de gelatina celeste.

El viento sucumbe.

Pechos con flores blancas y perfumadas.

Cempasúchil agónico.

Mujeres de negro.

Plañideras onerosas.

Sepulcro de un ángel.

Tu boca té de tila.

Ríos de hombres sin barcas.

Pescados pedestres.

Hombres con branquias.

No hay amor.

Ni siquiera un corazón que lata.

Amor que se quedó petrificado.

Los abrazos no recibidos.

Nunca volverá un Dios.

Se aletargan los enamorados.

Los pianos se tocan solos.

Las casas se van muriendo.

Las sillas cansadas de esperar un trasero.

Manos temblorosas.

Aire congelado.

El cielo se desmaya.

Ella se queda con deseos de un beso, pero no tiene boca.

 


José Alberto Capaverde.



El Seis. 

miércoles, 23 de octubre de 2024

TREINTA VOCES DE UN LOCO.

 




TREINTA VOCES DE UN LOCO.

 

1) Hay tormenta en tus ojos y la lluvia, el granizo, se mezclan para formar una tromba furiosa, que lanza rayos, cuando me miras...

2) Apunta en el corazón, es ahí donde estás tú, y sólo puedo olvidarte muriéndome...

3) Hay mujeres que saben a desconsuelo, se les conoce con tan sólo verles ese rostro lleno de recuerdos que no se apagan...

4) Cada gemido tuyo Dalisa, es como una ola, que trata de salirse del mar, para llegar al océano de mi cuerpo.

5) Sólo el recuerdo de tu cuerpo, cabalgando sobre el mío, no se apaga, no se extingue, no desaparece, se queda tatuado sobre la piel.

6) En un pueblo rústico y lejano, había una mujer bella, con alma de santa, y corazón de ramera...

7) He maldecido en voz alta todo de ti, hasta las caricias, los besos, el semen, que deposité en tu piel y en tus entrañas, pero aún no cesan tus recuerdos.

8) ¿La pasión? Eso es un puñal de plata clavado en el corazón, que sólo amaina, cuando se vuelve a escalar una y otra vez tu cuerpo.

9) Me llevas tan dentro de ti, que me sientes en cada suspiro.

10) No contenta con ser lujuriosa, tuviste que venir a escalar mi cuerpo tantas veces, sabiendo que tu "dueño" era mi progenitor.

11) Si en tu cuerpo hay diluvios en el mío un desierto que te espera...

12) Tenía tantos años que no hacía el amor, que se convirtió en una "monja" lunática.

13) Ni siquiera cuando estuve ahogándome en el mar de arena de Arabia, pude olvidarte, mucho menos a tu cuerpo de higos, dátiles y miel...

14) Tú venías de Elefantina, con un velo blanco transparente, que mostraba tus encantos, yo montaba un camello famélico, que había robado en Alejandría.

15) Bebo las gotas de sangre menstruante de tu cuerpo, como el vino tinto, que brota de tus labios mediterráneos.

16) Si hacemos el amor despacio, llegaremos de noche al paraíso.

17) Nací antes que tú Daniela, para observar esa transición de niña inocente, a mujer "lujuriosa y pervertida"...

18) A ella le prometí jamás hacerla mía, no porque fuese malévola, menos horrible, es porque era una mujer promedio e insípida.

19) Fue tan breve y elemental la cópula, que lo único que lo compensó es el preámbulo, antes que dijera: ¡que sí!

20) Te hiciste ninfómana de repente, como si encontraras ahí, todo el amor que te debían...

21) La pasión no se detiene (es fiera asesina), ni siquiera en esos momentos que de tu entrepierna brota la sangre menstruante...

22) Sólo tú tienes la magia de encender mi falo, con tu cuerpo en llamas...

23) La principal razón de mi pasión desmedida, es tu cuerpo de luna, tendido sobre el terciopelo del universo...

24) Ella miraba la sexualidad como un gran pecado, por ese motivo elevaba oraciones, mientras era poseída, por tres varones impíos.

25) Eres la hostia y la sangre voluptuosa, que abierta de piernas, me invitas a diario a la comunión de tus sagrados placeres...

26) Ella se dio cuenta demasiado tarde que la finalidad de la vida es el libertinaje, mientras rezaba en una celda de un convento...

27) Lo único que me falta es arrancarte el alma, porque tu corazón me lo he comido en invierno, junto con el fuego de tu entrepierna.

28) Cada orgasmo de Daniela, es como un pequeño río de lava, de ese volcán que es su cuerpo.

29) Éramos el cielo y el infierno. Pero nos quedamos en el limbo. ¿Lo recuerdas?

30) Ella lloraba sobre las nubes de mis muslos, mientras mi trono del poder se erectaba majestuoso, penetrando el cosmos de su boca.

 

 

José Alberto Capaverde.

 

Dr. El Seis.

sábado, 5 de octubre de 2024

VODKA, UN (DE-MENTE) Y MARICELA DESNUDA…

 




VODKA, UN (DE-MENTE) Y MARICELA DESNUDA…

 

Me encontraba mirando al suelo, como buscando una maldita figura, por lo cual mi pelo (ensortijado y rebelde), caía como un manantial de rulos, tapándome la cara de “demonio”. Estaba sentado en un mueble vetusto de color (algo así) como marrón, yo estaba vestido todo de negro: mis zapatos, calcetines, pantalón, calzón, cinturón, camisa, y un cómodo sobretodo. Tenía en mi mano izquierda un cigarro blanco, el cual, estaba a punto de sucumbir todo… Mi faz de de(mente se veía abotagada, mostrando mis labios resecos, mi barba crecida (un poco), mis ojos rojos (infernales), y mis mejillas no tenían color, creo que estaba lívido. A mi lado izquierdo estaba una botella de vodka (de mi propiedad) un agua mineral, hielos, y un vaso con residuos de mi bebida. Allá un poco más lejana, estaba América, (mujer de cuerpo firme y joven), que sólo me observaba con mucho amor y pasión, esperando algo… Un reproductor de música aullaba una melodía (maravillosa) de Mozart, para que mis oídos se gratificasen… No sabía si existía la luna desnuda.

¡Ya viene la mujer que te gusta!—Elevó la voz mi compañera.

No contesté absolutamente nada. Seguía mirando el piso, tratando de encontrar un viejo, antiguo, poema griego, lo quería ver grabado (inscripto) entre las vetas del mármol. Aunque en ese mismo momento lo estaba pensando en mi mente, verso por verso, con un regocijo desmedido (colosal), que sólo los artistas poseemos. No cambiaba de posición, pues me sentía perfecto, con una comodidad, exagerada y plena.

No tarda nada, en un segundo está con usted—Se escuchó una voz de un mesero.

Ya viene la mujer, que hace tantos días, tienes deseos de hacerla tuya—Mi dama habló, y su voz se escuchaba como un eco.

Parecía que el cielo quería derrumbarse (caerse a pedazos) y había un sonido hasta cierto punto extraño, eso sentía cerca de mi corazón, pero mi “lúcida” mente me volvía a la realidad, y me decía: Todo es producto de tu imaginación. Levanté mi brazo y enseguida me llevaron mi bebida favorita con mucho hielo, y en una escudilla (pequeña) dos líneas de alcaloide supremo. Me sentía un Dios.

Levanté mi rostro, cuando escuché: Aquí esta Maricela. Me palpitaba todo el cuerpo, me sentía como poseído y hasta impaciente. La tomé de la mano izquierda, la miré como un todo su esplendor (era una obra viva representativa de la pasión) y le dije: Eres encantadora. Le abrí de inmediato la blusa y le subí el corpiño, sin lastimarla, cuidándola, adorándola, y miré esos pezones sonrosados, estaban erectos, que perfección, no conocía otra mujer con semejante atributo. Los toqué con mis dedos índices y medio, (previamente ensalivados), y me di cuenta, que ya no tenía leche materna, pero no estaba muy seguro. Le “ordené” se desvistiera toda, que ningún tipo de tela cubriera ese maravilloso cuerpo de Afrodita, que me pertenecía, todo. Lentamente se fue quitando la indumentaria, con una gracia y talento, que asombra. Ella me miraba con tanto amor, que su rostro (de mujer mundana) iluminaba mi cara vesánica. Escuché unas palabras muy débiles: El loco y la ramera. No puse mucha atención pues me encontraba en otros menesteres, de mayor relevancia. Una vez que la tenía (a mi dama bella) totalmente desnuda, la observé cada centímetro, y la encontré muy cercana a la perfección. Y además son de ese tipo de cuerpos, que tan sólo mirarlos y olerlos de inmediato te pones erecto, y trastornado de tanta pasión. Mi falo de inmediato cumplió su función se puso rígido (firme), rojo, y palpitaba, como si tuviese vida propia, independiente. Ella me tomó el pelo desordenado, mientras la acomodaba para hacer el coito, y así transportarnos al paraíso sexual. Hicimos el acto amatorio, de tal forma y excelencia, que nos entregamos a las exigencias (naturales) de nuestros cuerpos lúbricos. No existía el entorno, nada. Sólo éramos Maricela y yo, El Seis, nadando entre nuestros cuerpos divinos, eróticos, voluptuosos.

Te gustó mi Seis—Se oyó la voz de mi mujer de pezones sonrosados.

Sí—Lancé la sílaba al viento, y las dos letras volaron ebrias.

Te decepcioné porque no tengo leche materna. Escuché que dijo, y no contesté nada, pues en realidad si me faltaba su líquido lactífero. Pero… quitando esa cuestión todo había salido de maravilla, me sentía como esclarecido, y bienaventurado. Me besó ambas mejillas, al tiempo que decía: Eres muy especial. ¡Estás bien loco!

Me senté y prendí un cigarro, mientras saboreaba (mentalmente) todavía la carne palpitante de mi cortesana favorita. Me serví otro vodka doble, y lo bebí de un trago. Ella, se despidió como toda una dama, y me dejó con su sagrado olor, pegado a mi epidermis de maniático. Cuando partió, con ese andar tan sensual, parecía, que iba caminando, una diosa, sobre un reguero de nubes y estrellas ebrias. Pasó sólo un momento, pero me sentía “abandonado”, como que algo me hacía falta, mucha. Pedí otras dos líneas de polvo cósmico, y me aferré a la “maldita” tierra, para no ir tras de Maricela, la bella. La noche se la comía el día. Allá afuera se escuchaba la voz del viento, parecía que lloraba. El cielo cerró sus ojos, y cayeron algunas lágrimas sobre las cabezas de los humanos. Llovía.

Al día siguiente partimos, dejando atrás todo. Mi amada, iba un poco seria, pero no porque, me haya acostado con la prostituta, se sentía no querida por mí, su hombre genial.  Camínanos un poco antes de abordar nuestro auto negro, y en cada paso dejábamos atrás un mar embravecido de pasión. Volteé, por última vez, mientras el humo de mi cigarro cubría mi rostro enloquecido. Había una pesadez que duele.

¿La quieres?—Me dijo mi amada.

¡No!—Contesté.

Me vuelve loco su cuerpo, iba a decir (en ese momento), pero no se me hizo prudente, ni de buen gusto. La abracé y nos fuimos perdiendo entre el cuerpo amorfo de pequeña ciudad, perdida allá atrás de unos cerros verdes, y de mediana altura.

 




José Alberto Capaverde.

                      

El Seis.

 

lunes, 23 de septiembre de 2024

LA SANTA ERÓTICA.

 





LA SANTA ERÓTICA

 

El cielo está encapotado, y este día parece que él mismo, intenta dejar de ser la bóveda celeste, como que de tanto “estar ahí”, sufre de soledad perpetua. Hasta muestra en su “rostro índigo”, ese descontento eterno, y de vez en cuando cambia de color, y  llora tormentas eléctricas. No se come a sí mismo, sólo porque se encuentra tan fastidiado, como para intentar semejante actividad, que requiere sin duda de un gran esfuerzo. Allá a los lejos el sol escondido, sufre de calosfríos dolorosos, y en ese estado, ni siquiera intenta mostrar alguna parte de su cuerpo de fuego. La luna ebria, se está desmoronando toda, entre sus “pasiones desmedidas”, pues extraña tanto (hasta la locura), a su siempre amado: El astro rey… Todo el universo está como colérico. Hoy llueven arco iris dopados, nubes multiformes, polvos cósmicos, y un sinfín de meteoritos ebrios. Esto lo pueden ver, sólo quienes miren hacia arriba, allá donde “empieza lo posible”, y donde los hombres con “esperanza” nunca dejan de lanzar sus ojos, con la ballesta de su ser… Pero existen algunos hombres que siempre están “como pegados”, “enraizados”, a la tierra, y jamás, nunca, elevan su mirar hacía las alturas siderales. Hay como una zozobra peligrosa, que invade el todo.

Las pasiones de los hombres son tantas y de todas clases, que acá, en el cuadrilátero de la vida, se dirimen, de buena o mala lid, se piensa (la mayoría) ¡qué no importa cómo!, pero se debe de cumplir con sus expectativas de origen.  Por ese motivo es común y hasta frecuente, que la forma más eficaz, para lograr su bienaventurada “empresa”, sea la mentira vil, la traición en todo su esplendor, y hasta la puñada trapera… Humanos agrestes, pendencieros, forajidos, rústicos, que en combate desiguales, se tratan de aniquilar unos a otros, para caer heridos o “victoriosos”, en el lodo de su sangre plebeya…    

La vida grita, aúlla, gime, y hasta se come así misma.

Los comunes no tienen otra perspectiva. Son “hombres” en blanco y negro...

Acá cerca de una laguna se levanta una pasión (encendida), que vuela entre las paredes pintadas de blanco, luego revota inquieta, por doquier, en busca de un receptor (con talento), que la atrape, y la consuele… Arde todo el pueblo, y huele a pura sexualidad. Es María Helena, que llena de voluptuosidad, se mueve “enloquecida” a todo lo ancho (y largo) de la cama, mostrando su perfecto cuerpo, el cual, necesita un poco… de amor. Sus piernas se entrelazan, sus pezones se endurecen y se ponen firmes, su piel se eriza, y las palpitaciones de su corazón parece que gritan: ¡Ven, ven… aquí te espero amado mío! Sus manos delgadas (como falos erectos), recorren cada centímetro de su cuerpo anhelante, desde los dedos de los pies, hasta la nuca blanca. En ese lecho de fogosidad, se encuentra la más bella melodía de gemidos, que jamás oídos hayan escuchado. Las gesticulaciones de su rostro, cambian como las nubes, a su puro capricho, y con mayor intensidad, aparece una mueca como de una Santa Erótica. Ella es la iglesia, y los gritos, gemidos, aullidos, son la letanía necesaria, para rendir tributo al Dios Lúbrico. Ahí donde ella realiza la misa amorosa, no hay soledad, hay un canto de ángeles excitados, que con sus presencias imperceptibles, cuidan tan sagrado acto. Cuando termina su actividad sexual, y corren los líquidos entre sus piernas, y lanza el último grito bendito, es como si fuese (el sonido), de una límpida campana llorona.    

Allá afuera los “hombres” juegan a los negocios, para incrementar sus riquezas materiales, y así encontrar la felicidad… Otros se entretienen levantando la copa de Dionisos, con sus amigos, mientras comentan tantas, tantas, cuestiones triviales… Un grupo de “deprimidos” se esconden dentro del hueco de su cerebro, llorando toda su vida, como unos cobardes. Algunos pierden su tiempo (de una manera que espanta) en hacer planes para el futuro, y “así” intentar de mejorar su situación actual. Y la mayoría toma el transporte urbano (presurosos) para llegar a sus trabajos insulsos, y mal pagados.

Mientras, hay miles de camas con mujeres encendidas, como cirios, esperando mucho, mucho amor…

Miles de gemidos (de mujeres) vuelan sobre el lomo de la tierra/Los gritos de las féminas se pegan sobre la cara de la luna eclipsada/Las pieles erizadas y cálidas de damas excitadas, están prestas y dispuestas, para ser tocadas con manos de fuego/Los pezones erectos de las divinas hembras, se encuentras en su punto, para ser lamidos, y succionados, siempre…/

 

 

 

José Alberto Capaverde.

El Seis.

 

lunes, 8 de enero de 2024

CIELO VERDE.

 




CIELO VERDE.

 

Allá donde vive ella, hasta el cielo es verde, y las aves son una explosión de color, todo parece como un renacer de pura vida. Hasta todos los felinos son celestes, y tienen dos corazones, y sus hocicos elevan poemas en idiomas incomprensibles.

Ahora tenemos tiempo de dejar atrás esas figuras macilentas, tristes, encorvadas, endebles, enfermas, desgarradas, este hato de mal llamados seres humanos. Acá está todo podrido, como muerto, huele mal, hasta brincan los gusanos de sus bocas cuando hilvanan algunas frases elementales. Se dice de ellos que su espíritu (si es que existe) les fue arrancado por la desesperanza. Sólo trataba de mostrarle por qué sería importante huir, desaparecer, hasta correr de ese entorno, carcomido de vileza y putrefacción. Añadí por último que todos los seres "vivientes" (si es que había alguno) no tenían ni siquiera una idea remota de lo que significa La Vida. Eran pues, cadáveres (en blanco y negro) que cargaban "presuntuosos" sus ataúdes en sus destrozadas espaldas.

Iba a repetir: vámonos... cuando todos se fueron contra mí, y cual hienas pestilentes, me devoraron. Caí agónico, y mi sangre índiga brotaba de mis ojos, de mis oídos, de mis narices, de mi boca, y no se pegaba al piso, por el contrario: volaba, para unirse a ese cielo verde, verde, verde. Alguien abrió mi pecho (rompió) mis costillas, arrancó mi corazón palpitante, y se lo comió obscenamente.

 

 

José Alberto Capaverde.

 

El Seis.

lunes, 1 de enero de 2024

CRÓNICA DE UN HOMBRE ADICTO A LA LECHE.

 









CRÓNICA DE UN HOMBRE ADICTO A LA LECHE.

 

Él se llamaba Pierre, o cuando menos así se le conocía, en esa colonia destruida, y apartada, donde no pasaba ni siquiera un ave moribunda.

 

Él tenía como diez años, que salía a trabajar, y regresaba a hogar, se sentaba, prendía un cigarrillo, se acercaba una botella de leche, y entre fumada y sorbo, miraba el cine de su mente.

 

No tenía esposa, ni siquiera una amante, tenía una muñeca de plástico, con algunas características "humanas", siempre estaba al  lado contrario de la mesa, para que pareciese que era su compañera, que tenía una mujer, y que no estaba tan solo.

 

Afuera se escuchaba cómo combatían los de derechas e izquierdas, por el control de una metrópoli hecha cenizas.

 

Él ni siquiera veía a su "acompañante", se preocupaba más en encender otro cigarrillo, y en cambiar de película mental.

 

Nunca en su vida había sonreído, por lo cual, tenía los labios resecos, agrietados, morados.

Las palabras sólo le alcanzaban para que la gente normal, no pensase que se trataba de un loco.

 

Sus ojos eran como el mar, pero aunque parezca increíble, nunca había pisado una playa, ni visto las olas, menos una jovencita en bikini.

 

Pensó en pararse y tomar un poco de café, de un recipiente viejo y destartalado, pero la fiaca lo atrapó, y esa "idea", la desechó de inmediato.

 

Nunca había amado a nadie, e inclusive, jamás había tenido una novia, sólo tenía un ritual anual, muy especial, y hasta cierto punto muy "raro": concurría a un burdel de poca monta, y escogía siempre a la misma mujer, una delgada, de edad media, con rostro de desconsuelo, y no hablaba mucho...sólo fornicaba. 

Pagaba una cantidad posible, así decía él, para sus adentros, y partía sin pronunciar palabra.

 

Él no era un hombre complicado, tenía sólo tres cambios de ropa, dos pares de zapatos (negros y cafés), una vieja corbata, y un abrigo negro.

 

Se escuchaba las voces de mando y de sumisión afuera, la metralla: balas, bombardeos, explosivos, proyectiles, y los derrumbes de las construcciones.

 

Él había perdido todo, hasta su libido, y las veces que iba al lupanar sucio, lo hacía sólo por higiene sexual.

 

Había una mujer joven, que era su vecina de esos departamentos fríos y vestidos de concreto y hierro, que muy continuamente lo saludaba, y hasta le sonreía.

 

Pero él, no veía a una dama sonriente y amable, le parecía que era la muerte, que ni siquiera venía por alguien en especial, sino, que pedía a gritos, y hasta con súplica, que la matasen... Estaba exhausta.

 

Él seguía bebiendo leche entera...

 

 

José Alberto Capaverde.

 

El Seis.