VODKA, UN (DE-MENTE) Y MARICELA DESNUDA…
Me encontraba mirando al suelo, como buscando una maldita
figura, por lo cual mi pelo (ensortijado y rebelde), caía como un manantial de
rulos, tapándome la cara de “demonio”. Estaba sentado en un mueble vetusto de
color (algo así) como marrón, yo estaba vestido todo de negro: mis zapatos,
calcetines, pantalón, calzón, cinturón, camisa, y un cómodo sobretodo. Tenía en
mi mano izquierda un cigarro blanco, el cual, estaba a punto de sucumbir todo…
Mi faz de de(mente se veía abotagada, mostrando mis labios resecos, mi barba
crecida (un poco), mis ojos rojos (infernales), y mis mejillas no tenían color,
creo que estaba lívido. A mi lado izquierdo estaba una botella de vodka (de mi
propiedad) un agua mineral, hielos, y un vaso con residuos de mi bebida. Allá
un poco más lejana, estaba América, (mujer de cuerpo firme y joven), que sólo
me observaba con mucho amor y pasión, esperando algo… Un reproductor de música
aullaba una melodía (maravillosa) de Mozart, para que mis oídos se
gratificasen… No sabía si existía la luna desnuda.
¡Ya viene la mujer que te gusta!—Elevó la voz mi compañera.
No contesté absolutamente nada. Seguía mirando el piso,
tratando de encontrar un viejo, antiguo, poema griego, lo quería ver grabado
(inscripto) entre las vetas del mármol. Aunque en ese mismo momento lo estaba
pensando en mi mente, verso por verso, con un regocijo desmedido (colosal), que
sólo los artistas poseemos. No cambiaba de posición, pues me sentía perfecto,
con una comodidad, exagerada y plena.
No tarda nada, en un segundo está con usted—Se escuchó una
voz de un mesero.
Ya viene la mujer, que hace tantos días, tienes deseos de
hacerla tuya—Mi dama habló, y su voz se escuchaba como un eco.
Parecía que el cielo quería derrumbarse (caerse a pedazos) y
había un sonido hasta cierto punto extraño, eso sentía cerca de mi corazón,
pero mi “lúcida” mente me volvía a la realidad, y me decía: Todo es producto de
tu imaginación. Levanté mi brazo y enseguida me llevaron mi bebida favorita con
mucho hielo, y en una escudilla (pequeña) dos líneas de alcaloide supremo. Me
sentía un Dios.
Levanté mi rostro, cuando escuché: Aquí esta Maricela. Me
palpitaba todo el cuerpo, me sentía como poseído y hasta impaciente. La tomé de
la mano izquierda, la miré como un todo su esplendor (era una obra viva
representativa de la pasión) y le dije: Eres encantadora. Le abrí de inmediato
la blusa y le subí el corpiño, sin lastimarla, cuidándola, adorándola, y miré
esos pezones sonrosados, estaban erectos, que perfección, no conocía otra mujer
con semejante atributo. Los toqué con mis dedos índices y medio, (previamente
ensalivados), y me di cuenta, que ya no tenía leche materna, pero no estaba muy
seguro. Le “ordené” se desvistiera toda, que ningún tipo de tela cubriera ese
maravilloso cuerpo de Afrodita, que me pertenecía, todo. Lentamente se fue
quitando la indumentaria, con una gracia y talento, que asombra. Ella me miraba
con tanto amor, que su rostro (de mujer mundana) iluminaba mi cara vesánica.
Escuché unas palabras muy débiles: El loco y la ramera. No puse mucha atención
pues me encontraba en otros menesteres, de mayor relevancia. Una vez que la
tenía (a mi dama bella) totalmente desnuda, la observé cada centímetro, y la
encontré muy cercana a la perfección. Y además son de ese tipo de cuerpos, que
tan sólo mirarlos y olerlos de inmediato te pones erecto, y trastornado de
tanta pasión. Mi falo de inmediato cumplió su función se puso rígido (firme),
rojo, y palpitaba, como si tuviese vida propia, independiente. Ella me tomó el
pelo desordenado, mientras la acomodaba para hacer el coito, y así
transportarnos al paraíso sexual. Hicimos el acto amatorio, de tal forma y
excelencia, que nos entregamos a las exigencias (naturales) de nuestros cuerpos
lúbricos. No existía el entorno, nada. Sólo éramos Maricela y yo, El Seis,
nadando entre nuestros cuerpos divinos, eróticos, voluptuosos.
Te gustó mi Seis—Se oyó la voz de mi mujer de pezones
sonrosados.
Sí—Lancé la sílaba al viento, y las dos letras volaron
ebrias.
Te decepcioné porque no tengo leche materna. Escuché que
dijo, y no contesté nada, pues en realidad si me faltaba su líquido lactífero.
Pero… quitando esa cuestión todo había salido de maravilla, me sentía como
esclarecido, y bienaventurado. Me besó ambas mejillas, al tiempo que decía:
Eres muy especial. ¡Estás bien loco!
Me senté y prendí un cigarro, mientras saboreaba (mentalmente)
todavía la carne palpitante de mi cortesana favorita. Me serví otro vodka
doble, y lo bebí de un trago. Ella, se despidió como toda una dama, y me dejó
con su sagrado olor, pegado a mi epidermis de maniático. Cuando partió, con ese
andar tan sensual, parecía, que iba caminando, una diosa, sobre un reguero de
nubes y estrellas ebrias. Pasó sólo un momento, pero me sentía “abandonado”,
como que algo me hacía falta, mucha. Pedí otras dos líneas de polvo cósmico, y
me aferré a la “maldita” tierra, para no ir tras de Maricela, la bella. La
noche se la comía el día. Allá afuera se escuchaba la voz del viento, parecía
que lloraba. El cielo cerró sus ojos, y cayeron algunas lágrimas sobre las
cabezas de los humanos. Llovía.
Al día siguiente partimos, dejando atrás todo. Mi amada, iba
un poco seria, pero no porque, me haya acostado con la prostituta, se sentía no
querida por mí, su hombre genial.
Camínanos un poco antes de abordar nuestro auto negro, y en cada paso
dejábamos atrás un mar embravecido de pasión. Volteé, por última vez, mientras
el humo de mi cigarro cubría mi rostro enloquecido. Había una pesadez que
duele.
¿La quieres?—Me dijo mi amada.
¡No!—Contesté.
Me vuelve loco su cuerpo, iba a decir (en ese momento), pero
no se me hizo prudente, ni de buen gusto. La abracé y nos fuimos perdiendo
entre el cuerpo amorfo de pequeña ciudad, perdida allá atrás de unos cerros
verdes, y de mediana altura.
El Seis.


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