martes, 24 de junio de 2025

TU NOMBRE NO CABE EN TU CUERPO.

 





TU NOMBRE NO CABE EN TU CUERPO.

 


Eras muy poco, ni siquiera en tu nombre se reflejaba algo de tu ser...

Irrelevante con sangre negra.

Oscura.

Llena de recuerdos tormentosos. 

Eras nadie, y en tu corazón no habitaba, ni el coraje, ni el amor...

Estabas como exánime.

 

Venías vacía, sin eso que llaman alma, sin denuedo, como muerta.

Tormenta de lágrimas.

 

Eras nacida en el "desierto" de los invisibles, no tenías una existencia "real".

Estabas hecha de puros ensueños y quimeras.

De retazos de luna te habían creado.

Golondrina crucificada.

 

Tu ciudad (personal) se componía de tu padre y tu madre, y una abuela moribunda, que le daba vida y agonía, una máquina de oxígeno.

Ahí se almacenaba todo el dolor posible.

Dragón de Metal.

  

 

Por más que te observaras y meditaras, te dabas cuenta que eras tan diminuta e insignificante.

Eras una mariposa negra atravesada por un alfiler de plata.

Murciélago herido.   

 

Gritabas tu "linaje" y pertenecía a los siervos, y tu voz no se percibía, no trascendía, sólo se escuchaba el trueno del látigo.

El amo cruel era tu conciencia.

Búho invidente.       

 

Tu cuerpo era tan pequeño que ahí no cabía ni un sueño.

Pero estabas llena de alas mágicas, que te envolvían en vértigos de esclavitud mental.

Una armónica ensalivada.  

 

Temblabas por "ser" y esperabas ese momento "divino" en que "fueras alguien".

El viento te atrapaba y te sometía, como una hoja de árbol en otoño.

Follaje expirando. 

 

Buscabas como como demente, donde encontrar esa "ancla" social, para pertenecer a "este mundo".

Fiesta orgiástica.

Vestidos de corte imperio.

Smoking dopado.

 

Te dejaste hacer todo lo que los ciudadanos del globo terráqueo dispusieron, sólo para ser entre ellos.

Te escupieron riquezas en el rostro de plata.

Besos de pertenencia.

 

Con ojos llenos de asombro, veías como esclavizaban tu cuerpo, y encadenaban tu espíritu, y te hundían en el estercolero.

 

Olvidaste tu nombre, y lo supliste por uno de ficción, de una novela antigua y romántica.

No querías saber nada de ti. 

 

Te sacaste el corazón, antes de que te lo ordenaran los fantasmas del penthouse.

Ellos eran dioses, tú eras un pedazo de carne deliciosa, que todos comían.   

 

Decapitaste tus recuerdos.  

 

Lanzaste al río tus esperanzas.

 

Ya no sólo no eras y existías, ahora le pertenecías a los todos.

Eras algo así como una planta inmóvil. 

 

Tenías una apariencia como los todos, esos los demonios sociales; y habías adquirido ese brillo que tienen las masas "privilegiadas".

Pero no por tu talento y prosapia sino por tu actuación de víctima.

Eras una dama que buscaba ser actriz del teatro negro, y el engaño.

 

Y aunque bailaras en un castillo, (bien sabías dentro de ti), que siempre tendrías la "mancha" de haber vivido en la pocilga de tu barrio ínfimo. 

 

No importaba si tus manos las adornaran joyas, era "bisutería" en tu imaginación de indigente.

Tu mente era un mercado de productos de segunda.

 

Por fin habías desaparecido entre la "muchedumbre" privilegiada de una historia que siempre pasaba por tu mente...

 

Era tanto el deseo de salir del "infierno" y llegar a la "gloria", que estabas dispuesta a todo.

 

Luego:  

 

Cortaste el suministro de oxígeno de la enferma y vieja abuela,

para cumplir tu sueño.

Elevarte sobre otro mundo de humanos viscosos.  

 

 

José Alberto Capaverde.

 

El Seis.

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