EL PRECEPTOR LASCIVO.
Dans une ville d'Europe
Dans l'année...
Esta mujer (preciosa), posee todo para considerarla una
amante perfecta, y no me refiero solamente a su suculento cuerpo, que volvería
loco de amor, a cualquier enamorado. Dueña de unos pechos, perfectos,
consistentes, blancos, con pezones rosáceos, y de donde brota leche materna,
cual manantial de milagros eróticos. De piernas tan agraciadas, bien torneadas,
exquisitas, y de una longitud ideal, para cruzarlas, y enseñarlas como muestra
de la sensualidad total. Además de un talle tan pequeño, suave, y lozano, que
cuando la tocas (vehemente), te encamina al goce perpetuo…
Sabedora del poder que posee (en estas lides), camina como
una Diosa del encanto, mostrando a raudales su lindura… Ella tiene un sequito
de inquietos adoradores, los cuales, darían su vida inclusive, por tan sólo ser
recibidos una noche. No existe hombre (hasta algunas mujeres), en este poblado,
alejado de la metrópoli, que no veneren semejante belleza, y se conviertan en
sirvientes de sus deseos. Pero ella es mía, toda, aunque la mayoría de los
humanos, estén esperando una oportunidad, para aunque sea besarle la mano.
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Ella fue encargada a mi inteligencia, en virtud, de que sus
padres, veían en mí al mejor preceptor de la época, y sin más, me la
entregaron, con la finalidad, de prepararla para la vida social e intelectual.
Creo tenía 16 años, cuando me fue presentada, un día lluvioso, donde los rayos
y truenos, no dejaban de lanzar su rabia contra la tierra. Me le quedé mirando,
y desde ese día, supe plenamente, que sería mía, toda, por la indisoluble
eternidad. Me presenté como todo un buen profesor, y le dije: à leurs
pieds, utilizando mi mejor prosodia
del idioma francés. Desde luego, mi enseñanza fue de la mejor calidad, pero
también debo de decir, que mi pequeña alumna, tenía (o gozaba) de una
inteligencia inquieta y vivaz. Pasó el tiempo, con una prontitud que espanta,
de ser una pequeña niña rubia, y de ojos azules, y con algunas pecas en las
mejillas rubicundas. Se convirtió en toda una dama especial y de gustos
sexuales refinados, y con la virtud de las bellas, que saben seleccionar a sus
pretendientes. Le hacían la corte un sinnúmero de jovenzuelos (y hombres de
edad avanzada), esperando ser aceptados, por semejante mujer de mirada
aparentemente tranquila.
Mientras sus padres, pretendían casarla con algún soltero
“prometedor”, y gran altura económica, para así consolidar su porvenir…
Ella y yo, éramos los amantes perfectos, nacidos, para vivir,
y disfrutan nuestros cuerpos, pues… todos los días, era la felicidad amatoria.
En cualquier lugar de la Casona de sus padres, hacíamos la cópula, y como unos
humanos exuberantes, nos sentíamos llenos de eso que llaman plenitud. Un día,
me comentó, que sus progenitores, habían encontrado al esposo ideal, con la
finalidad primero, de que ella, fuera dichosa, segundo, de asegurar la hacienda
de la familia. Ella, pensó, que yo iba a estar en desacuerdo, por semejante,
acontecimiento… Pues, no. Ella, me toco el rostro, con esa mano, delicada, y
suave, mientras me decía, no importa que me case, tú siempre serás mi amante
perfecto. Nunca amaré a nadie como te amo a ti, (eso exclamó), mientras me
tocaba el pecho, en forma circular, y con una suavidad, que hacía que mi piel
respondiera, erizándose toda. Nunca, jamás, le perteneceré a otro, no le abriré
las puertas de mi corazón, seré como una tumba para sus caricias, y siempre
estaré esperándote a ti mi amor… En ese momento me di cuenta de lo excelente
alumna, que había sido, pues sus palabras no eran de ella, eran de las novelas
de amor, que yo le leí, durante su instrucción… Yo me reí un poco, pues… sabía
perfectamente, que ella era mía, toda, pero, no la amaba, como ella pensaba.
Después de un tiempo partí de ese lugar, tratando de buscar
otros horizontes, otra casa donde prestar mis servicios personales, para que me
confiasen, otra niña de suprema belleza, siempre de piel blanca, ojos azules,
pelo rubio, y de mirada “pervertida”, con la finalidad de irla preparando en
los menesteres académicos, como del amor…
Después supe, pues me envió una carta, que estaba
desconsolada, y que no me podía olvidar, y que se había puesto enferma, por mi
sorpresiva partida. Juraba que se iba a suicidar si su preceptor favorito, no
volvía a su lado, e inclusive, le dijo a su esposo, que le dejase (y no
interviniera) en el amor que ella, sentía por mí, y que ya nada le
importaba… Un tiempo más tarde me llegó
otra misiva, pero ahora de esposo, que a grandes rasgos comento: estimado….
Vuelva, vuela con ella, se lo suplico, aunque con ello, yo, pierda a mi amada,
lo que no deseo, es que muera… Sepa Usted, que aquí se le tratará como un
visitante distinguido, hasta como un “familiar”, pero tenga la bondad de
regresar a los brazos de mi esposa.
Rompí la carta y me serví un vino blanco francés (de
exquisita temperatura), mientras inhalaba rapé superior, y con mi mano
izquierda le tocaba la cabeza a mi nueva alumna de nombre: Camille…
José Alberto Capaverde.
El Seis

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