jueves, 8 de julio de 2021

EL ESCLAVISTA EDÍPICO


 

EL ESCLAVISTA EDÍPICO.

 

El tipo tenía un nombre, hasta cierto punto común, pero nunca lo pronunciaba, mucho menos dejaba que otros labios lo hicieren… Hacía tanto tiempo que no lo articulaba, que las letras que lo componían, casi habían desaparecido de su cerebro, y hasta salieron huyendo (para depositarse), allá en el arcón del olvido. Se reía, como sólo él sabía hacerlo, cuando rememoraba que era verdad: ¡Ya no recordaba cómo se llamaba! Un evocación muy elemental, llegaba a su mente, cuando una señora de pelo rubio, lacio, y de ojos azules, le gritaba de esa forma, como es conocido un hombre… Pero intentaba (con locura) exterminar esa endemoniada remembranza, y suprimir (de tajo) esa imaginen mental, utilizando para tal efecto, algunos movimientos bruscos de su testa llena de buches dorados. Sus labios agrietados, resecos, eran como un muro de carne, que inmovilizaban las palabras, parecía, que tenía mucho tiempo sin soltar el lenguaje hablado. Cuando una letra trataba de salir de esa boca (amarga), de inmediato, brotaba un hilillo de sangre, el cual recorría todo el contorno de la abertura bucal.
El tiempo se desmoronaba a pedazos.
--¡Tienen sed, los esclavos!
Se escuchó una voz muy vieja, como carcomida, parecida a un ave moribunda.
El hombre de cabellera bermeja, respiró profundamente, y se quedó viendo un punto determinado, mientras sacaba un revólver, y sin medir palabra, golpeo en la frente a una mujer negra, de algunos veinte años de edad. La sangré brotó como una cascada, y de inmediato le manchó todo el rostro, y gritó como una condenada.
El esclavista tomó un poco de sangre “negra”, con su mano derecha, se le quedó mirando por un considerable momento, y sacó un pañuelo, luego se limpió con desdén. Luego buscó un ánfora personal, donde había whisky, y lo bebió presuroso, como si en realidad buscase, con ese “procedimiento”… “matar la razón”. En su rostro blanquísimo, sobresalían esos ojos grandes, marinos, y una tristeza muy vetusta, más un dejo muy marcado de alejamiento mental; ¡como si nada valiera la pena!
El universo latía angustiado, y ese sonido se pegaba como sanguijuela al tiempo…
Su fiel acompañante se llamaba… Más bien le decían como apodo: El buitre. Un ser humano de algunos sesenta años, de modales rústicos, y de una fealdad extrema, lo único que sobresalía de este ejemplar, era su voz, pues era muy especial, parecida al lamento de los enfermos terminales, o quizá al de los esquizofrénicos.
--¿Deseas eliminar alguno?
--¡No!
Mira Buitre, estoy un tanto confundido, y hasta cansado, por lo cual es mejor, pasemos la noche en este lugar. Al proferir semejantes palabras, hasta se sintió extraño, pues era muy anómalo, que mostrase su lado “humano”, tratando de subsanar lo ya hecho, se quedó callado, silencioso, hasta quieto. Se metió en un ensueño que duele, y como presa de un mar de reminiscencias, su entendimiento era el caos, sentía que le faltaba el aire, y en cada respiración, se “llevaba” imágenes del pasado. Trató de dormir un poco, y por más que lo intentaba, no lo lograba, pues en esta ocasión hasta le palpitaba el corazón de una manera “especial”… Era como una opresión en el pecho. Escuchó una voz, la cual, se acompañaba de una imagen borrosa, y un eco quejumbroso, que le llamaba, y le hacía señas, para que fuese con ella… parecía, el rostro de la única mujer que recordase un poco: el de su madre. Se levantó de inmediato, estaba sudando, se bebió todo el licor que quedaba, y se paró como autómata, y despertó a su fiel ayudante.
--¡Mata a todos! No perdones ni a los niños.
--Sí.
--¿Y Usted a dónde va… patrón…?
Voy en busca de mi madre, pues tiene algunas horas que me está llamando, profirió el de los ojos garzos, mientras se encaminaba como poseído, en trance, parecía que seguía un camino mental. Sin duda, perseguía un sueño, una esperanza, una quimera, ¡eso es lo que menos importaba!...
Se fue perdiendo entre las calles torcidas, sucias; introduciéndose, en cada momento, en el corazón del pueblo. Era tanto su furor, que jamás escuchó la voz desgastada del “ave de rapiña”, que le gritaba: ¡su madre está muerta! Le iba a decir usted me lo comentó en determinado tiempo y lugar. Pero en lugar de correr y buscarlo, un frío se apoderó de él, pues, se consideraba (inconscientemente) parte de su patrón.
Luego trataba de pernoctar, con dificultad, no por la tarea pendiente… ¡mátalos!, sino porque, se sentía sólo, huérfano, desamparado. Pero como buen ave, se fue quedando dormido, para levantarse muy temprano, y cumplir con su cometido. Su único pendiente era: ¿ahora de quién recibiré órdenes…?
El cielo se comía a sí mismo.


 

El Seis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario