El lugar de nacimiento de El Seis es una incógnita, que hasta la fecha persiste, hay quienes lo sitúan en América o Europa, pero en realidad, eso no tiene mayor relevancia. El autor sigue manifestado que él tiene su linaje, en un Estado aún no creado, donde las mayorías de las ciudades, están construidas de bloques de aire, las ventanas son de vientos furiosos, y las calles son de nieve eterna. Hasta los ojos de los conciudadanos son de hielo derretido… Los corazones de las doncellas (bellas), no arrojan sangre, como es común y hasta “sano”, sino, por el contrario, cuando sus sentimientos se manifiestan, claro que aumentan sus latidos, pero el líquido que arrojan es nevisca apasionada. Los libros se deben de leer con una rapidez inusual, pues, las letras (raras) y los símbolos, que están grabados, sobre esos objetos gélidos, se deslíen… Hasta el rostro del vate, tiene ese aspecto de una noche cellisca, donde los nubarrones, se entremezclan con esos vientos crudos, haciendo que todo el cielo se desmorone…
El nombre del sublime rapsoda, también es una cuestión de debate ocioso, pues en realidad, cuando (allá en las urbes congeladas), sus progenitores tienen a bien, señalarlo con ese preclaro nombre: El Seis, su intención era diferenciarlo de todos los demás habitantes escarchados. Cuando lo anotaron ante el sacerdote de los registros milenarios, éste hombre vestido de riguroso blanco, y de manos moradas, sacó un cortafrío, y dibujo una a una de las letras sobre un muro muy largo y poca altura, donde se inscriben los nombres de los aristócratas, de esta ciudad cristalizada. Sucedió algo inaudito, el nombre se evaporaba, cada que era tallado, quedando en su lugar, poco visible las letras (como imprecisas), para formar (con toda claridad) abajo las siguientes: bardo. Le Six, es pues, es nombre de este escritor, que ahora estoy intentando de una forma sucinta, explicar su origen y tránsito por la vida glacial… Aunque sé perfectamente, que al artista que me ocupa, le tiene sin cuidado, el que se “aclare” su procedencia, su linaje, su prosapia. Él tiene una mirada penetrante, profunda, insondable, donde es muy difícil, (pretenda o desee), mirar a esa corriente (cascada) de hombres comunes, medianos, vulgares, ramplones, módicos, pequeños, que van por el mundo, postrándose sobre los pies (sucios) de los monarcas.
Sería interesante y hasta de buen gusto, que cuando deseen conocer cualquier, cualquier cuestión relativa a nuestro personaje, pues, consultaran estas letras, porque son las únicas que se aproximan un poco a la verdad. Es difícil conseguir una entrevista con el Proxeneta de la Parca, pues, le molesta sobre manera, ser fastidiado, por cualquier biógrafo, o un simple curioso, que anhela conocer más de su persona, que de su impresionante obra literaria. Cuando lo conocí en persona, fui como un viaje místico, aunque estoy bien claro, que él no cree, en estas cuestiones, les comentaré mi primera impresión. Ahí estaba sentado, en una mesa normal, pues nos habíamos citado en determinada ciudad, de Europa, estaba vestido todo negro, hasta la corbata y el pañuelo de su traje, fumaba en forma desesperada, y movía mucho sus extremidades superiores, como que detestaba la espera. Luego parecía que hablaba solo, y movía esa cabellera ensortijada, la cual caía sobre sus hombros, como regueros de rulos enloquecidos, castaños. Traía en la mano un libro delgado, no alcanzaba a leer el título, menos el autor, y mientras leía con toda calma y quietud, sus ojos parecían el extravío pleno. Era como un “santo” disoluto, tapizado todo su ser de esa aura, que sólo la tienen, los que toda su vida, se han dedicado con sumo agrado a la disipación, y al libertinaje. Parecía como un icono bizantino, resguardado por el tiempo y el espacio, hasta por la inquietud presente. Me recordó algo que él siempre dice, cuando le preguntan, ¿cuál es la mujer que más te gusta?, y contesta: la Virgen de Cracovia. Ahora comprendo el porqué de esa afirmación; para muchos socarrona, irónica, cáustica, hasta “descabellada”… Lo veo de lejos, pues así tengo otra perspectiva de su persona, es un gentilhombre de pura cepa, por lo tanto, difícil de comprender, por sus congéneres. Lo que pasó después fue sin duda, un viaje, del cual no escribiré ninguna línea.
Terminaré (ya casi, lo prometo), me saludó de despedida, me miró en forma hasta cierto punto displicente, y se me quedó mirando un poco, y miré en sus labios, una pequeña sonrisa muy triste, mientras salían unas silabas breves, parecidas al de un moribundo… Una mujer muy bella, que nunca supe de donde salió, lo tomó del brazo izquierdo, y posó su cabeza rubia sobre su hombro, y así abrazados, juntos, inmediatos, se fueron perdiendo de mi vista cansada. Esa mujer no tenía más de 20 años de edad, de piel blanquísima, pelo bermejo, ojos azules, nariz respingada, e impecablemente vestida, y me llamo la atención su andar, su caminar, era como la voluptuosidad misma. Cuando pedí la cuenta, llegó una dama de belleza notable, que me dijo, de manera contundente, ya está todo liquidado, mientras tímidamente intentaba preguntarme algo… La observé, para darle confianza, y de sus labios surgió lo siguiente:
--¡Es un bello hombre!
--¡Parece un ángel!
--¿Vuela…?
--¿Me lo puede presentar?
Le dije “ingenuamente”, ¿a quién se refiere?, y ella de una manera clara y precisa dijo: ¡Al poeta!
Le pregunté que si había leído algo de él, y me contestó tranquila, no hace falta leer a semejante espécimen, para saber que está lleno de talento, y genialidad… Me quedé callado ante semejante apreciación, y recibí, por parte de esa hermosa damisela, una novedosa forma de percibir el arte.
Cuando me retiraba, busqué mi “cuaderno electrónico”, entre los objetos de la mesa, y sólo encontré seis cubos de hielo, sobre el menú, los cuales se disolvían, cual lágrimas sempiternas…
Joseph Snowbird.

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