PERVERSIARIO.
En una ocasión (en España) un profesor me invitó a leer
literatura a sus alumnos del doctorado:
Me presentó de la siguiente manera: Nuestro invitado es El
Seis, un excelso poeta.
La muchedumbre aplaudió.
Contesté seriamente, antes de iniciar a leer: No, no soy
poeta, soy proxeneta.
Quise dejar aclarado de una manera fehaciente mi profesión,
no me gustan las confusiones.
Una vez aclarada la situación me puse a leer mis gloriosos
textos, y las palabras penetraban los huecos de las alumnas, y se metían en sus
corazones, y atrapaban sus almas.
Ellas abrían sus piernas y bocas, y sentían descargas
eróticas en todos sus cuerpos, se movían como poseídas, y dejaban que las
acariciara el falo de mi voz.
Sus ojos desorbitados, mostraban el estado magnifico de su
excitación, como si la fonética las poseyera.
El sujeto, el verbo, el predicado, el adjetivo, los
pronombres, adverbios, volaban y se pegaban en sus pechos, en sus labios, en
sus caderas, en sus glúteos, y hasta en sus vulvas.
Todo era perfecto.
El entorno olía a mujer lujuriosa.
Se veían corpiños, bragas, ligueros, medias, vestidos,
faldas, blusas, zapatos, que cubrían esos cuerpos en llamas.
Me aplaudieron, pero no con las manos, fue con deseos, con
lascivia, con pasión, con anhelo, con la carne, con la sangre, con los huesos,
con los labios de la boca y de la entrepierna...
Yo tenía mi trono del poder erecto, poderoso, duro, ese era
el pago de mis honorarios, por leer en esa universidad.
Las dejé en estado de gracia, iluminadas.
Luego, me quedé ahí, sentado, como un Dios.
José Alberto Capaverde.
El Seis.

Hiciste un gran bien. De hecho, hay mujeres que nunca llegan al orgasmo. Tú puedes ayudarlas.
ResponderEliminar