Estoy comiendo un rico manjar: pepinos tiernos, rodajas de
naranja, algunas gotas de mandarina, sal y pimienta. Tengo en la mano izquierda
un vodka doble, con soda, rocas de hielo, y una cáscara de limón fresco. La
anhelada embriaguez no llega, con sus besos somníferos, y esa sonrisa de
hierbabuena. Percibo, (entre sueños) que todo está muriendo, dentro de mi
tiempo y espacio. Muevo la cabeza, tratando evadir las representaciones
mentales, que me atormentan… Nada.
“En los ojos están mezclados los lamentos del espíritu y la
fogosidad del cuerpo…”
En mi cenicero “descansa” un cigarro fuerte, que lentamente
(sin ninguna prisa) se va consumiendo; y el humo caprichoso, forma diversas
figuras, unas hermosísimas, otras horripilantes. Después, cierro los cansados
párpados, y me observo (interiormente), soy apenas una sombra lánguida, que
huye entre los mausoleos lóbregos. Y parece que el tiempo está desmayado, y
corren por su boca (ensangrentada) un reguero de horas, minutos, segundos. Tic,
tac.
“El hombre se sumerge y nada, siempre solo, entre las
ríspidas olas del mar muerto…”
Me estoy preparando unas líneas de cocaína (lágrimas de luna),
en un pedazo de vidrio azul, formo seis verticales, finas, delgadas, y preparo
mi nariz para el festín. Busco encontrar (urgentemente) que desaparezcan de mi
testa tantos sonidos e imágenes extrañas. Mi cuerpo no cabe en tan poco
espacio, me siento sofocado. En este momento, no existo, para la muerte. Una
nube narcotizada (convertida en encantadora mujer desvestida), se le ocurre
desplomarse del cielo, e invadirme: convertida en agua cálida, y con ese olor
(específico) de fragancia sideral…
“En mi corazón gélido, hoy se escucha el réquiem de Mozart,
como un presentimiento, de mi inevitable deceso”.
Todo está funcionando perfectamente o cuando menos, eso
parece… No sé si estoy pensando, o es una alucinación mística. Mientras un
manojo de ecos (sin orden) y recurrentes, me atrapan, como a un vil condenado.
Hoy cabe en mi espíritu, todo el universo.
“Es mi faz un resumen indescifrable, del andar delirante,
cruel y despiadado, de eso que llaman vida”.
Me encuentro sentado en la mesa del centro de la sala, se
escucha una melodía de metal: Sehnsucht. Percibo (retumbos) entre las nubes de
mi cerebro: “Yo soy”, “yo estoy”, mientras trato de ordenar de una manera
lógica mi razón sublime. Ni siquiera aparece (en estos momentos) la nada
desnuda. Todo es un baile (Dionisíaco), estridente, en la mega metrópoli, de mi
materia gris. Cae herido de muerte un planeta, sobre un sillón de color marrón,
y empieza a vomitar meteoritos beodos.
“La existencia es apenas una lanza bizantina, un mínimo, un
casi nada, que siempre trata (“en vano”) de adentrarse a las vísceras del
universo”.
Mi mente es el caos total, o quizá he adquirido un nuevo
método, para comprender la realidad circundante. Hay miles de imágenes que
vuelan con alas de búho dopado, sobre el espacio de mi consciencia. No sé si
ese inmenso pavor a la quietud, al letargo, me embarga (o carcome) todo, pero,
esto es muy interesante y hasta sano, para mi salud cerebral. Me encuentro
atrapado entre cuatro paredes de aire sofocante, y busco una bocanada de
oxígeno inmaculado.
“Los resonancias escalofriantes del universo, que aplastan la
tranquilidad de los hombres, hoy son inofensivas, y hasta inermes…”.
Mis ojos, mis malditos ojos, son ojos de gato macho, que
brillan (espantosos) fosforescentes, sobre un triste tejado inexistente. Soy un
animal, poseído de una inmunda fiereza, desmedida, que puede llegar al
homicidio irracional. Cae vertiginosamente, algo parecido a un ángel negro,
cerca del frontis de mi residencia, y presa del miedo, trata en vano de
elevarse de nuevo.
“Tengo una visión perfecta, hasta nocturna, para poder
observar lo que le está vedado a un ser humano normal… Yo puedo verle los
pechos a la luna llena, aunque haya neblina”.
Todo se hunde bajo mis helados pies, y parece que me derrumbo
en un laberinto sin fin… El agua está petrificada, sólida: de tanto esperar, y
al recibir mi delgado cuerpo, se suelta llorando vapor, hasta convertirse en un
ataúd seguro, donde seré sepultado. Trato (en vano) de percibirme entre las
moradas lúgubres, donde mi cuerpo (lacerado) descansará, y nada,… no tengo el
poder del ensueño. No todo es la maldita parca, que siempre está presta,
escondida entre los huesos, esperando a su víctima, para decapitarla. El
infinito está llorando jazz.
“En el mar profundo y áspero de tu triste semblante; se
encuentran navegando un alma inquieta, y un cuerpo moribundo, que náufragos,
perdidos, van a la deriva…”.
Llegan a mi cabeza diversos pensamientos, algunos
inquietantes, otros prometedores, pero hay algo excepcional en mí, pues no soy
yo, quien recibe este cúmulo de sensaciones… Esto parece imposible, desde el
punto de vista lógico, y lo sé perfectamente, pero,… como que en este momento,
no puedo utilizar la gloriosa racionalidad. ¡No coexisto! El cielo está borracho, y se viene abajo, quebrándose
todo su cuerpo azul, pues… está cansado de semejante posición cósmica.
“Inhalo polvos galácticos; y todo parece distinto, me siento
más apegado a la maligna realidad…”.
Fumo, y en cada inhalación, parece que le succiono la vida
(toda) al cigarrillo. Lo mato, y no tengo ninguna consideración, continuo
“asesinando” uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, tabacos franceses. Me pierdo
entre bocanadas de humo, donde diviso, la figura lozana y fresca, de mi amada
Dalísa, que me giña un ojo, con su dulce coquetería.
“La luna cae desmayada, como presa de un fulminante infarto,
y de su boca brota polvos multicolores, es su sangre que fluye a borbotones”.
No sé si me terminé mi botella de vodka, porque el líquido
corre ahora, sobre el río de mi sangre. La música sigue invadiendo todo mi
espacio, con sus dopadas notas, y ebrios silencios… Si pongo mucha atención,
observo, hasta la partitura, que sale y vuela de un aparato reproductor. La
melodía tiene el poder de llevar al oyente por caminos gloriosos, o por
acantilados mortuorios, donde las mujeres (son muchas) están vestidas de
sombras, y maquilladas de polvos lunares.
“El espíritu sangra agónico, y se arrastra buscando un lugar
donde descansar sus huesos etéreos…“.
José Alberto Capaverde
EL SEIS.

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