ELLA ES UN MAR DE LÁGRIMAS DE PLATA.
Nunca habló
de amores lejanos.
Tenía en sus
labios de grana la Muerte.
Pasión
amortajada.
Deseo en
ataúdes...
Libido
atrapada en celdas medievales.
Lágrimas de
plata.
Pezones,
cascada de leche mala y miel amarga.
Era un
torbellino de desventuras, con garras de viento.
El cielo la
cubría de sombras, para ocultar su desnudez.
Era puros
huesos con mantequilla.
No tenía
corazón rojo, era negro como un cuervo.
Era un fantasma
de ropajes blancos, y sombrero negro.
El rostro
ladera de musgo.
Había
perdido los ojos verdes, y de ahí salían crisantemos.
El amor,
cruz de hierro enmohecida.
El sonido
que nadie escucha.
Las palabras
sepultadas en la garganta gangrenada.
Voluptuosidad
en el cementerio.
Miradas sin
brillo, como horno abandonado.
Nada duele,
cuando se está casi muerto.
La tumba
negra, sólo espera cobijar el cuerpo.
Olvidó los
besos, las caricias, y el olor a madrugada.
Su cuerpo
perdió las miradas de mancebos, que traspasan sus telas, para deleitarse.
Los halagos
diarios, que nunca más llegaron.
Nunca volvió
a ser cortejada, por un varón con sombrero de hongo.
Mujer
omitida, muda.
Dama
inadvertida, transparente.
Fémina de
lengua morada, y ceniza.
Hembra
esperando la guadaña afilada.
De rodillas
sobre la angustia.
Sin rezar,
sólo recordando un trozo de vida, sin vino.
El amor voló
como ave herida.
Todo era un
desierto, donde no crecía ni la desesperanza.
Todo
putrefacto.
Todo
cancerígeno.
Todo
soledad...
Un vestido
de novia era arrastrado por las manos del ventarrón.
José Alberto
Capaverde
El Seis.

No hay comentarios:
Publicar un comentario