GATA VERDE QUE LEVITA.
De sus
pechos salía niebla que escapa.
Era un fruto
dulce y adictivo.
No una
mandarina.
No un higo.
Dos toronjas
dulces y ácidas, según la pasión.
Pulpa que
maravilla.
Color
rosado.
Jugo que
embruja.
Olor que
hace latir el corazón.
Un oasis en
el desierto de los hombres.
Su saliva el
mar que refresca.
Su boca agua
de coco con ginebra.
La lengua
una bailarina árabe descalza.
Una palmera
infértil solloza.
Los dátiles
son lágrimas.
Llora el
cielo leche materna.
El licor
brota del suelo, como en sueños.
Pasa un
camello volando.
Una tormenta
de arena se aproxima.
El
movimiento de sus caderas remolinos prófugos.
Una danza
fatal que enamora o elimina.
El ritmo de
sus carnes y huesos transporta al edén mítico.
Piernas que
reman el mar negro.
Pies con
alas que atraviesan los cielos de los enamorados.
Se suelta
una lluvia feroz de libídine.
La
progesterona son ríos que enloquecen.
El deseo es
espectador ávido.
Un cactus se
devora así mismo.
La mirada no
alcanza, faltan mil ojos.
La voz se
quiebra como espejo.
Nadie con
ella.
Todos
erectan sus ropajes.
Sus manos acarician el aire.
Se aleja
como levitando, es inalcanzable.
Un océano
imposible.
Gata verde
que aúlla.
Una
aparición traicionera.
Alucinación
del hachís.
Golpe de
lujuria.
Calor
vestido de perversidad.
Un ave cruza
el cielo llorando.
José Alberto Capaverde.
El Seis.

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