sábado, 27 de septiembre de 2025

CENA ERÓTICA.

 



CENA ERÓTICA.

 

Dalisa y yo, nos habíamos puesto de acuerdo en lo siguiente:

Ella tenía una cena con su pareja, en un restaurante elegante y cómodo, la reunión sería como a las ocho de la noche, beberían frescos cócteles, y una cena suculenta.
Era viernes.
Era como un ritual semanal, el que hacían, y como tal, cayó en la monotonía.
Para hacerlo un poco más intenso y excitante, le propuse que yo podría ir también, pero desde luego, de forma separada, y dicha idea nos pareció excelente.
Ese día ella se puso bella y exquisita, perfumada, y con una blusa y falda, y con ropa interior negra, yo me fui cómodo, pero elegante.
Pasó el tiempo.

Eran la hora convenida:
Cuando llegué al restaurante los vi charlando alegremente, y bebiendo vino tinto.
Me acomodé en mesa contigua (muy cerca de ellos) el tipo no me conocía, por lo cual me sentía cómodo y tranquilo. Pedía una cerveza helada, y un trago de vodka.
En cuanto ella me vio, me sonrió discretamente. Yo me le quedé mirando en todo su cuerpo, recorriendo desde sus pies, tobillos, pantorrillas, rodillas, caderas, cintura, torso, pechos, hombros, cuello, rostro, labios, ahhh.
Saqué un poco de cocaína y la inhalé discretamente, ohh, me sentía muy bien.
Llegó el mesero y llevó otra ronda igual.
Me palpitaba el corazón.
En eso el acompañante de mi conocida fue al sanitario, y ella cruzó las piernas, en todo su esplendor, lo hizo con toda suavidad, hasta mostrar un poco de su calzón. Y sacó su lengua y recorrió sus labios. Después se llevó las manos a sus chichis y se acarició un poco, para que la observara.
Después llegó su marido.
Yo la seguía mirando, y ella abría de forma "descuidada" sus piernas, y con sus uñas recorría su tersa piel, ahhhh.
Voló en tiempo.
Su pareja ya se encontraba ebrio, entonces de manera más audaz, te acariciaba su cuerpo, bajo esa luz tenue del lugar. Me levanté y pasé cerca de ella, para olerla y verla más cerca, ohhh, estaba deliciosa.
Ambos me saludaron, y correspondí amablemente: ¡Buenas noches!
Caminé un poco, y volví a la mesa.
Nos hablamos con los ojos, y ella se paró y se dirigió al sanitario, y la seguí, la tomé de la mano, y la besé apasionadamente, la olí, la sentí. Le dije al oído: levántate la falda para verte el calzón y esas pompas preciosas y excitantes, así lo hizo, en el dintel de la puerta.
Pasó un rato.
Salimos al mismo tiempo, pero sin mirarnos ni en lo más mínimo.
Me ofrecieron cena y no acepté, sólo pedí la tercera ronda.
Mi "amiga" se veía muy tranquila, era evidente que estaba bebiendo con tranquilidad y en poca cantidad, y su acompañante ya se veía ebrio.
Ella hacía como que se le caía la servilleta y la recogía mostrando su exquisita cola, para que yo lo viera.
Yo tenía el pene erecto, y lo acomodé de manera discreta, para no lastimarme, y que fuera tan evidente.
Y llegó el momento esperado.
Llegó al parecer un amigo de su cónyuge y se sentó en la mesa, y se pusieron a charlar de manera efusiva.
En ese momento me fui de nuevo al sanitario de mujeres y elegí un retrete y me senté en él, mi preciosa amiga, había observado, y entro conmigo.
Yo me bajé el pantalón hasta las piernas, y me saqué el pene, ella se puso de espaldas, le levante la falda, le quité el calzón y me metí en su vagina hasta el fondo, hasta llenarla. Dejé un poco mi pene en su hueco calentito, para sintiera el palpitar de mi miembro, después la tomé de la cadera, y empezó el movimiento, despacio, fuerte, velocidad, así, así, con todo. Hacía palanca en sus caderas, luego en sus hombros, ella subía y bajaba, sintiendo como era penetrada, y apretaba los labios, suspiraba, ronroneaba, y gemía delicioso.
Entraba en ella feroz, y salía, y volvía a embestir como toro en brama.
Nuestros cabellos volaban.
Llegó el momento del orgasmo.
Lancé todo mi semen dentro de su vagina.
Quedamos exhaustos, como iluminados.
Le acomodé su calzón, y la falda, la besé, y le dije: sal tú primero.
Después salí con calma, tratando de no ser visto.

Luego observé que su pareja continuaba charlando con su amigo del alma, y mi conocida hermosa, bebía algo.

Yo entonces pedí de nuevo bebidas, pero ahora solo vodka en las rocas, y me sentía complacido, dichoso.

Por último cada que íbamos al sanitario nos decíamos: te amo, me fascinas, me encantas, me gustas, y algunos besos suaves y ricos.

Después partí.

Ella me dijo adiós con la mirada.



José Alberto Capaverde.

 

EL Seis.

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